Crítica

“Los Miserables”, de Tom Hooper

Por David Costas

Los Miserables es probablemente, la película más valiente de este año. Es una película que, perteneciendo al género cinematográfico más denostado de nuestro tiempo, no lo aborda de forma timorata y con vergüenza (como las incursiones en el género de Rob Marshall, atractivas pero muy desleales a su naturaleza de musical con el fin de agradar a aquellos a los que no les gusta el género) o con desinterés y apatía (el Sweeney Todd de Burton), sino que lo abraza sin complejos, ni pedir disculpas a nadie. Los Miserables es un musical con todas sus letras, o mejor dicho, un melodrama enteramente cantado. En su traslación a la pantalla podría haberse optado porque se dialogaran muchas escenas y sólo se cantara en los momentos clave. Pero no es así. Estamos ante un musical, amigos. Acéptenlo.

Vivimos tiempos en los que el cinismo, la segunda intención, la ironía maliciosa y el comentario mordaz están a la orden del día. Nuevo obstáculo para nuestra película. Ella apela al corazón, a la emoción pura e intensa, sin ningún tipo de sutileza; a la tragedia mayúscula, a la épica monumental y monumentalmente larga, al primer amor inocente, ingenuo y sí,  también algo cursi, como lo es el primer amor. Un servidor siempre ha pensado que cuando un personaje decide expresarse cantando, es porque lo que siente o lo que le está pasando es tan intenso, tan grande, tan básico y primario que uno no puede hacerlo de otra manera que bajo la forma de una canción. Y aquí los personajes cantan durante dos horas y media. Piensen por tanto: emoción sin descanso, épica y folletín; pero siempre con una honestidad, con una verdad, que te deshace el corazón y te cautiva durante todo su metraje.

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Pero Los Miserables no limita su valentía a pertenecer con orgullo a su género por primera vez en muchos años. Decide también poner a prueba a los puristas del mismo como nunca antes habíamos sido testigos. Por eso estamos hablando casi de una película suicida, algo que sin duda pasarán por alto quienes tilden de facilona su historia y de torpe su puesta en escena. Y es que, lejos de la estabilidad, el clasicismo y los planos abiertos que podríamos esperar de una superproducción musical de Hollywood, Tom Hooper opta por recorrer la Francia del siglo XIX con una cámara nerviosa. Puebla su película de desencuadres y movimientos sucios, de zooms y de muy expresivos planos descompensados por un lateral (el gusto por esto último, que ya nos lo demostró en El Discurso del Rey, funciona mucho mejor aquí). El resultado, paradójicamente, es de una belleza inigualable que conmueve por el carácter descarnado que tiene el conjunto, así como por su vocación testimonial y naturalista. Consigue hacer mayor el espectáculo porque nos acerca a la intimidad de sus personajes: recorremos las calles de París infestadas de indigentes hambrientos, y descubrimos en ella… ¡a una prostituta cantando porque la vida ha acabado con sus sueños! ¡a un estudiante revolucionario que canta de vergüenza por haber sobrevivido! La magia del musical es más fuerte que nunca, porque nosotros estamos allí, porque parece real, porque a veces los personajes desaparecen del plano, y la cámara/ojo los persigue.

Persiguiendo esta sensación de la emoción tangible y de la crudeza de la historia; las canciones fueron cantadas en directo, durante el rodaje de la película y no fueron grabadas posteriormente; dando Hooper prioridad a la veracidad del sentimiento que motiva el canto antes que a la calidad vocal o a la corrección académica. Así, hay versos que apenas se susurran, otros que se mezclan con sucias respiraciones o el desbordamiento por el llanto. De pronto, una extraña pausa. Y todo ello funciona, porque en la interpretación hay verdad, porque el personaje está vivo, y las emociones de estos se hacen nuestras. El trabajo de sonido al recoger estas joyas, que parecen de verdad cantadas por primera y única vez, como se pronuncian las palabras en la vida; es encomiable, como lo es también en los espectaculares momentos corales, en los que varias voces se superponen en perfecta armonía.

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Todo esto se da gracias al mayor de los aciertos de la película: sus excepcionales actores. Por fin se confecciona el reparto de un musical considerando que sus integrantes sepan a la vez cantar y actuar, y no centrarse en una de las dos cosas. Son los verdaderos héroes de la película, y merecen ser destacados uno a uno. Así, Hugh Jackman es simplemente el mejor Jean Valljean que nadie podría haber imaginado, el cuerpo y alma de la película: lleno de deseos por hacer el bien, pero consumido por su rabia interior ante la injusticia, ansiando realmente conocerse; y su voz es espectacular. Como espectacular resulta la maravillosa Anne Hathaway, combinando a la vez desesperación, dignidad y un espíritu trágico al que no le es ajeno un extraño optimismo. Dígase una vez más: su I Dreamed a Dream ya forma parte de la Historia del Cine. Eddie Redmayne desborda de pasión y sentimiento, y tiene una voz que impresiona. Es imposible permanecer inmune a su Empty Chairs at Empty Tables. Russell Crowe es el perfecto antagonista, su química con Jackman nos atrapa desde el primer fotograma, hace creíble el código de honor del personaje, y el carácter más rockero, menos ortodoxo de su voz va de maravilla con la dureza de su Javert. Amanda Seyfried (a la que se echa algo de menos) es la perfecta encarnación de la pureza. Y el descubrimiento de Samantha Barks como Éponine no podría ser más revelador. Incluso Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen, en los personajes menos trascendentes del musical están perversos y divertidos, y sirven a su vez de contrapunto cómico.

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Todos ellos, cantando la mayoría del tiempo en muy íntimos primeros planos, lo que probablemente sea la decisión más discutida y arriesgada de la película. Hooper opta por ella, y lo que consigue es un instrumento más, probablemente el más efectivo, para adentrarnos en el alma de los personajes, y hacer, una vez más, de sus emociones las nuestras. Es cierto, así nos priva de composiciones más sugestivas, o de espectaculares planos generales durante las secuencias de canto. Pero Hooper ha decidido reposar la narrativa y el drama en los rostros y voces de sus portentosos actores. Así, de nuevo los alérgicos al género echarán de menos números musicales más montados. Y sin embargo se encontrarán con una cámara que no corta demasiado, y se mueve de forma tosca, que sigue a sus personajes para que la emoción y la voz fluyan y varíen de forma orgánica, construyendo, poco a poco, un musical épico a partir de elementos íntimos.

Lo que Hooper consigue con cada una de estas decisiones es, sin renunciar a todos los elementos teatrales (como demuestra su precioso diseño de producción), hacer de Los Miserables una verdadera experiencia cinematográfica, y que la adaptación aporte una perspectiva completamente nueva y arriesgada, muy cruda y desnuda, pero sin perder un ápice de espectáculo.

Así que, olvídense de prejuicios y temores, vayan con el corazón abierto de par en par, déjense seducir por la revolución, la tragedia, el amor y la redención; y aplaudan la adaptación de un género a su tiempo sin pervertir su esencia. Un verdadero musical cinematográfico.

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