Inconfesables

“10 Razones para odiarte”, de Gil Junger

Por Pablo Cobos

10 Razones para odiarte. Dirigida por Gil Junger. 1999.

Que Crom me perdone. Mientras escribo estas lineas, puedo notar como mis discos de Manowar se derriten, mis cómics de Punisher se transforman en ceniza y a mi preciado cromosoma “Y” le crece otra patita. El hombre que quise ser, el hombre que pude haber sido, realiza “los tres cortes” y la vergüenza atenaza mi corazón férrea e implacablemente.

Y es que hay películas que cuando tienes casi treinta años, mandíbula prominente y pelo en el pecho, no pueden gustarte. No me malinterpretéis, no soy Orson Scott Card (Jódete, homófobo de mierda, ni cien “juegos de Ender” te librarán del escarnio público. Mwhahahaaha). Creo firmemente que cada uno está en su perfecto derecho de ser como le de la real gana. El problema viene cuando quieres ser como Rick Blaine, y una película adolescente de finales de los noventa te convierte en Teddy el osito. Eso, amigos, no es justo.

10 Razones para odiarte

10 Razones para odiarte es esa película.

Corría el año 1999. Por aquí estábamos aprendiendo a contar en euros, “Matrix” nos dejaba alucinados, el Manchester United ganaba la champions league en los últimos dos minutos, y nada de lo que profetizaba la infame “Curso de 1999” se cumplió. El “efecto 2000” atemorizaba por igual a pobre y ricos, e internet se cortaba si llamaban por teléfono a tu casa. Entre tanto, en el país de la libertad, las armas automáticas y el águila calva, estrenaban la versión adolescente de “La fierecilla domada”.

¡Sorpresa!.

“La fierecilla domada” es una de las obras mas famosas de William Shakespeare, y es tan buena que, visto lo visto, resiste cualquier adaptación. En ella, el Cervantes inglés nos cuenta los ardides que lleva a cabo Lucencio, un recien llegado a Padua, para poder casarse con su enamorada Blanca, quien tiene prohibido el matrimonio hasta que su insoportable hermana mayor encuentre quien le aguante.

Ahora olvidad a Shakespeare. Estamos en el instituto Padua, con las hermanas Stratford, Patrick Verona y… Bueno, vale, mejor no le olvidéis, porque vais a verle por toda la película. El caso es que Joshep Gordon Levitt llega al instituto y se enamora de la pequeña de los Stratford. Se enfrentará a dos problemas; Liberar Gotham de la amenza de Bane, y superar su frustrada relación con Zooey Deschanel. O bueno, puede que esté confundiendo películas. El caso es que se enamora de la niña bonita del instituto, la cual tiene prohibido salir con chicos hasta que la frígida de su hermana (Julia Stiles) haga lo propio. Ahí es donde entra en juego el difunto Heath Ledger, en el papel de tío duro del instituto al que le corresponderá el noble papel de bailar con la más fea.

heath_ledger_10cosas

Vosotros, solteros del mundo, sabéis lo duro que es aquello de “habla un rato con la fea, que hoy me siento afortunado”. Siempre que tuve que afrontar tal desafío, el fué mi inspiración. Debo admitir que este es el punto de la peli que me atrapa. Si, los enamoramientos y todas esas cosas están muy bien, pero es el heróico sacrificio de Ledger lo que hace que la película cale. Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer, ¿no?.

NO, joder. ¿A quien quiero engañar?. El instituto es el típico de las películas americanas en el que todos quisimos estudiar. Las chicas son guapas, los “raritos”, se dibujan penes en la cara con rotulador indeleble y hasta el mas tonto tiene coche. Siempre hay alguna enorme casa vacía, perfecta para montar fiestacas con océanos de cerveza, y un baile a final de curso. Yo quería una adolescencia así. Y vosotros también, a mi no me engañáis. Y encima la película está bien hecha. Las actuaciones no son de Oscar, pero tampoco lo son en Grease, y en esta al menos los adolescentes lo son de verdad. La música no es memorable, pero cumple a la perfección. El guión funciona, y cuando conoces la vida y obra del genio de Stratford es imposible esconder las sonrisas que hace nacer.

En fín, que no puedo evitarlo. Me gusta una película de enredo para quinceañeras. Voy a por un whisky, dos hielos y mi copia de Jungla de Cristal. Ah, y voy a hacer pesas. Los tíos de verdad hacen pesas. ¡Y decir palabrotas!. ¡Leer a Reverte!. Oh, por dios, ¿alguien visto mi amor propio?. ¡Ayuda!.

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