Crítica

“Anna Karenina”, de Joe Wright

Por David Costas

Cuando uno observa las incursiones que Joe Wright ha hecho durante su breve filmografía al cine de época, dentro del que se encuentran sus mayores éxitos y que ya suponen más de la mitad de su obra, es imposible no admirarse de la energía, pasión y rejuvenecimiento que le ha dado a un género, nunca mejor dicho, encorsetado en estiradas convenciones.

Anna Karenina, lejos de ser la excepción a su estilo, tal vez sea el máximo emblema de dicho lavado de cara. Wright consigue desmarcarse de todas las versiones anteriores del clásico ruso, consigue sorprendernos una escena tras otra, haciendo de una historia conocida por todos algo impredecible y cautivador, y firma la que para quien esto escribe es la mejor Karenina que nos ha brindado el cine.

Para ello, Wright vuelve a contar con el equipo técnico y artístico de excepción que le acompañó en sus anteriores trabajos: la Dirección de Arte de Sarah Greenwood, el vestuario de Jaqueline Durran, la fotografía de Seamus McGarvey, la música original de Dario Marianelli (que en este caso se atreve con el folcklore ruso para crear otra composición arriesgada, inolvidable)… Ya son viejos conocidos entre los fanáticos del universo que nos propone Wright película a película, y sabemos que su presencia en créditos garantiza no solo un festín visual de primer orden, sino innovación, creatividad, diseños icónicos, texturas que se sienten… Y guiados por la batuta de Wright, irán acompañados de suntuosos planos secuencia, y todo siempre al compás de la sensibilidad de la historia, sin quedar en el mero artificio.

Karenina 2

Y en este caso se trata precisamente de poner en escena el artificio de la hipócrita y decadente sociedad burguesa de la Rusia del XIX, y cómo el amor romántico es irrealizable en ese opresivo y cínico microcosmos hecho de miradas, susurros y significativos gestos. Microcosmos que lo constituyen bailes, fiestas, carreras de caballos, óperas…. Para plasmar este mundo, Wright se ha valido de una idea de base fascinante y que contribuye a ese rejuvenecimiento y experimentación sobre el clásico: la teatralidad de la Rusia decimonónica habita precisamente en la película literalmente dentro de un viejo teatro tan decadente como el país en el que tienen lugar todas estas reuniones sociales. Y los personajes más preocupados por el qué dirán acusan una teatralidad muy inspirada; de hecho la película parece obra de una troupe teatral, casi musical, en la que los actores danzan más que se mueven (salvo cuando realmente bailan, lo cual resulta extático: Wright nos regala un vals que es más erótico que cualquier escena de sexo del pasado año), y los figurantes pasan de ser oficinistas a camareros mientras los decorados van cambiando tras ellos; las calles de Moscú son las bambalinas del teatro, el escenario tan pronto es una pista hielo como una pista de equitación. Pero siempre con el tren traqueteando, persiguiendo a Anna, profético casi desde el principio del metraje, parece comunicarse con nuestra heroína, advertirla en vano de lo efímero de ese estilo de vida…Y el espectador recibe todo esto epatado, maravillado ante la asfixiante belleza del espectáculo que supone esa Rusia. Visualmente queda transmitido que los verdaderos sentimientos se marchitan en la decadencia de la ciudad, en contraposición con el campo y la clase trabajadora, que suponen los momentos en los que Wright abandona el teatro.

Karenina 4

Y ahí nos encontramos con otro de los grandes hallazgos de la película: el maravilloso y sumamente inteligente guión de Tom Stoppard que no solo obra el milagro de condensar tan monumental obra literaria, sino que lo hace sin sacrificar a Konstantin (brillante Domhall Gleeson), personaje maltratado o directamente eliminado en la mayoría de las versiones cinematográficas y que aquí se erige casi como coprotagonista. Pues a Stoppard le interesa plasmar lo que obsesionó a Tolstoi en su día: la contraposición de la urbe corrupta frente a la pureza del medio rural, la clase burguesa frente a la trabajadora, y enfrentarlas en la experiencia del amor. En la película vamos viendo el desarrollo en paralelo de ambos tipos de amor, y mientras Kostia huye al campo en busca del amor puro y verdadero con el que sueña, Anna se consume entre celos y locura, y se vuelve una paria intentando luchar por él bajo las escrutadoras miradas de la aristocracia rusa.

Karenina 3

Y hablando de Anna, dejo para el final a la última gran colaboradora y musa mayúscula del universo Wright en las adaptaciones literarias de época: Keira Knightley está absolutamente arrebatadora como Anna Karenina, sorprendiendo con una creación de una madurez y carisma propios de una estrella Su soberbio lenguaje corporal (atención a sus manos) se añade a la universalidad y casi podríamos decir contemporaneidad que otorga a sus sentimientos en pantalla en una composición antológica. Su Anna es apasionada, contradictoria, caprichosa y extrañamente lúcida… Vamos presenciando su deterioro emocional poco a poco, hasta que es capaz de ir de la risa histérica al llanto más desasogante en cuestión de segundos. Pasa de ser una respetable dama de sociedad a un títere a manos de su amante (a lo que ayuda una vez más el espectacular vestuario de Durran). El resto del reparto está igualmente espléndido, especialmente un muy sutil y emotivo Jude Law, y los jóvenes Domhall Gleeson y Alicia Vikander; pero el tándem Wright-Knightley es uno de esos acontecimientos que tenía que suceder por el bien del cine. Nadie como ella delante de la cámara para transmitirnos toda esa vitalidad, arrojo y pasión del que toda esta magnífica película está impregnada.

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