Artículos de Opinión

El dinero, ¡qué les voy a contar!

Por Antuán Duanel

Antes de llegar a escribir estos artículos -Dios lo sabe bien-, he tenido que pasear mi cuerpo por multitud de trabajos. Seguro que se habrán percatado de la omisión de algo tan fundamental como la mente, y es que no siempre he sido contratado para hacer uso de ella -ni siquiera bueno. Siempre que he accedido a intercambiar mi tiempo -¡contrato mediante, ojo!-, ha sido  a cambio de dinero, extraña materia que, cargada de inagotable futuro, ha venido dirigiendo los designios de la humanidad desde tiempos de Eva.

Buena prueba de esta teoría en torno al envilecimiento del humano cuando camina bajo la contaminante sombra del árbol del dinero -en el supuesto de que exista, y si no imagínenla-, es la pista bajo la que me puso un ilustrado amigo cuando le oí proferir a su bella amada los gritos que serían el génesis de esta historia: “¡necesito trabajar para ganar dinero!”. Cosa muy loable por su parte, porque es de los que creen -todavía quedan- que gracias a la delgada película de sudor de su frente, es posible erigirse como ser humano íntegro, ajeno a las voluptuosidades en las que el vil metal puede encarnarse. Es, como le diría Pachanga a Carlito Brigante, sobre Lalín en Carlito’s Way: “un tipo legal”. Lo cual no es poco en este país donde el latrocinio está a la orden del día; donde el bocata dejó de ser de mortadela por la profusión de chorizos que siguen proliferando a espuertas.

articulos de opinion_El dinero_1Centrándonos en la temática de estas columnas, una unión entre el cine y la música, lo de hoy va de la moral como alma arrojadiza presta a ser devaluada, quedando retratada a la perfección en ese regalo final de carrera que es El dinero, de Robert Bresson. Una sencilla y humilde película que, sin artificio alguno, muestra la cara más mísera de la única raza capaz de matar por matar -el hombre es un lobo para el hombre-, hundir en la miseria a otro ser humano por esconder eso que hace que los individuos valgan la pena: la dignidad.

La facilidad con la que el entonces vetusto director francés ubica el problema en pantalla excede lo común, haciendo de lo difícil -la plasmación de un abstracto, la moral- algo palpable y repulsivo sin caer en el cliché. Esa clase burguesa francesa distante y nada inocentemente elitista -antes de que afilen los colmillos, hablo con conocimiento de causa, ¡soy un afrancesado!- queda retratada en esta bajada al Hades de un pobre infeliz que parece desear que el fuego le abrase por completo. Si bien la interpretación podría mejorar -salvo sus dos primeras películas, en el resto contó con actores no profesionales-, la sucesión de acontecimientos, de incierto vaticinio, avanza inexorablemente hacia un lugar que ustedes mismos debieran (re)descubrir.

Un poco en la línea de Caché de Michael Haneke, por ese segmento social francés ajeno al mundanal ruido, o aquella hilarante destrucción del status social de un yuppie en los primeros ochenta: Trading Places (Entre pillos anda el juego), de John Landis -¡por favor, denme una oportunidad, no sean como los de El dinero! Esa manera de hundir la carrera de alguien por un mísero dólar -¡Mortimer!- muestra a las claras que todo es posible en la viña del Señor. Pero el caso de Bresson va al límite porque no ofrece solución (como se viera también en Mouchette), dejando en el espectador la misma sensación de desamparo que el protagonista, un tipo que va aceptando el lado oscuro de esa luna suya tan menguante, tan inesperada en inicio; tan lastrada de desesperanza, pañuelo en el que enjugarnos la desgracia compartida de no poder ayudarle.

¿De dónde se nutrirá el cine? En eso pienso, pero es otro cantar, y de ese cántaro voy a daros a beber un poco para que nos vayamos enaltecidos, con el alma bien cargada de la esencia de la buena música. Si la codicia le lleva a alguno a robar, acabando por ello entre barrotes cual virus de contagio inminente, si ni siquiera en esos momentos de absoluto abandono consigue uno encontrar el camino de la redención -acuérdense de Pickpocket, Bresson, 1959-, entonces sólo resta la última voluntad: escuchar Money’s too tight to mention, los inicios de Simply Red allá por 1985. Un tema orignal de The Valentine Brothers, en el cual los de Mick Hucknall hicieron de él un delicioso ejercicio de estilo propio, cruce de caminos entre el R&B bailable y el pop comercial, reservándose  las atmósferas jazzy y la seda soul para otros temas de su gran debut Picture Book -por favor escuchen Jericho o Come to my aid para saber de lo que les hablo.

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El primer sonido de Simply Red bien pudiera ser la base del movimiento de los rare grooves y pop elitista del final de los ochenta a través de Sade, Neelle Hooper y Jazzie B con Soul II Soul -una leyenda, dicho sea de paso. Una música que dió pie a lo que bien sabrán ustedes, toda la escena acid jazz británica y el caldillo de cultivo de la revolución electrónica vía trip-hop: el Blue lines de Massive Attack.

Pero no nos desviemos, la cuestión es que el vídeo de Money is too... tiene una introducción que informa de: a) sonido directo,  b) foleys, c) diseño de producción, y d) elementos diegéticos incluidos en la banda sonora; todo lo cual no es poco. Esa introducción muy propia de los videoclips de Jacko, el rey del pop, prepara el desarrollo de esta pequeña historia condensada, durante el cual tocan sobre las tablas de un escenario anejo a una mesa de billar -ya verán como volverá a dar juego ese billar en un futuro no muy lejano.

Antes de emplazarles a una próxima lectura, no quisiera pasar por alto que tanto Simply Red como Bresson dejaron claro que el dinero es un asunto demasiado comprometido como para mencionarlo, del mismo modo que sucede en esas cumbres europeas, donde los poderosos evitan pronunciar descaradamente -realmente no tanto, ya que no se cortan en salvaguardar lo suyo por encima de quien sea- el motivo que les llevó hasta allí: el dinero.

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