Artículos de Opinión

Crisis (versión laaarga)

Por Antuán Duanel

Articulos de opinion_crisis2Un tipo como yo -habituado a leer poco- ha sentido el irrefrenable deseo de hacerles partícipes de un más que interesante libro, El informe Lugano II, subtitulado Esta vez vamos a liquidar la democracia, de Susan George. En él se destapan muchos de los tejemanejes que las grandes corporaciones empresariales  han venido poniendo en práctica en los últimos tiempos, esos que nos han vendido como el resultado de una conducta errónea por parte de los más débiles, los que siempre pagan, esos que sudan cemento y rezan al céntimo extraviado. Todos aquellos que puedan acceder a leer esta traducción al lenguaje directo -cada página es una autopsia, cada paso una huella, cada línea una llaga- encontrarán revelador cómo una banda de ladrones -¡sí, hombre, que sí!- se han llevado por delante parte del futuro de una sociedad que no sabe bien a donde mirar y/o apuntar.

Cada vez que lo pienso me parece más retorcido, y es que existe un concepto económico que ha reinado durante los últimos años: el flashcrack. Los conocedores del lenguaje fílmico habrán encontrado similitudes con el clásico salto temporal al pasado, el flashback; tirando de él vamos a dar una vuelta por ese espejismo en la memoria que es la billetera del pobre, y todo gracias al Informe Lugano II: “ […] en 2007 el informe trienal del BPI -banco central de los bancos centrales- cifraba las transacciones diarias en los mercados de divisas en 3,2 billones de dólares. En 2010, habían aumentado un cuarto, hasta los cuatro billones al día.[1]” A ver cómo es posible esto. Ya no estamos en el 1985 del Wall Street de Oliver Stone, aquel donde Bud Fox tenía que escarbar entre los anónimos potenciales clientes de un desesperanzador listín telefónico. Hoy la cosa es retorcidamente más cómoda, ya que la especulación al milisegundo –flash-trading para los amantes de la lengua de Sterne [2]– se basa en la operativa de decenas de miles de transacciones[3] decididas por un algoritmo residente en algún zócalo de memoria de un remoto servidor sito en, por ejemplo, Kuala Lumpur. La cuestión es que todas estas operaciones están exentas de control y registro, por lo que es posible hundir y reventar el mercado, empresas, trabajos, vidas, alimentos… sin que nadie pueda exigir responsabilidades. Tan sólo morales, pero eso es harina de otro costal.

Así que en este patio se sigue jugando a lo mismo que los grandes dirigentes de la humanidad prometieron eliminar. Y, como la historia se está encargando de desvelar, por la cárcel que Madoff [4] barre por unos centavos la hora no han transitado muchos de sus conocidos, amigos a los derivados extrabursátiles que tanto seguimos sufriendo los comunes mortales.

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Regresando del flashback a este presente finitamente eterno, inasible por sentirlo escapar, es momento de dar un paseo, lo más relajado posible, por esa reveladora puesta en imágenes de lo que vino a ser la espoleta de todo lo contado antes: la crisis de Lehman Brothers, o los hermanos carnales de la gripe aviar, pollos sin cabeza infectos de un virus inagotablemente nocivo: crisis.

Me voy a bajar del burro de la violenta dialéctica -no sé por cuánto tiempo- para recomendar Margin call, de J.C. Chandor, 2011. Un viaje por los entresijos de esa algoritmia de los flash-trading que se presuponía perfecta. En ella el trasunto del Gekko de Wall Street es ahora Jeremy Irons, un perfecto cabrón incapaz de sentir algo de humanidad más que por su pasta. Uno de esos tipos -como muchos políticos- que creen haber nacido con un orinal mejor que los demás; que mide a la gente por el tamaño de su cartera; peña infame supuestamente tocada por un ser superior; jodido espejismo en mitad del desierto por el que todavía transitamos -¡y lo que nos queda!

¿Se habían preguntado por qué contratan matemáticos las empresas de consultoría? Pues para refinar cálculos en aras de rebajar unas centésimas  que aumenten el volumen de operaciones, sobre una red amparada por unos ciegos gobiernos -¿en serio ciegos?

Antes de dejarme la voz con tanto grito -tras haber comprobado cómo se malvenden los sueños de muchos-, para cambiar de tono, me van a dejar que me acerque a mi discoteca particular, esa que bien querrían muchos en sus anaqueles. Unos pasos y… voilà.

Soy uno de esos que piensa que nos hubiera ido mucho mejor si, en lugar de recurrir a eufemismos se hubiesen llamado a las cosas por su nonbre, el presente sería, simplemente, diferente. Si algún iluminado le hubiese traído una copia a José Luis del 12” Crisis, de Dinarama+Alaska del año 1983

-¡qué viejo que soy!-, algo hubiese cambiado respecto a la actualidad. Entonces, hoy podríamos emplear el término leve desaceleración sin que nadie nos mirase con jeta de al fondo a la derecha. ¡Ah!, con lo fácil que huviera sido pedir ¡una copia del Canciones Profanas de Dinarama! Pero no, había que retorcer el lenguaje hasta asfixiarlo con tal de no pronunciar esa palabra -crisis- que sirve de título a esta columna, que como bien saben une cine con música. Crisis, versión larga de un tema funky-pop de percusión sintética que recogía la herencia negroide del pretérito Bailando. Fíjense en la casualidad, versión larga, como la duración de la que estamos padeciendo. ¡Ah, la vida, que mala que es![5]. Dinarama, con -sí, hijo de- Carlos Berlanga como maestro de ceremonias junto a Nacho Canut, en un impasse hasta reorientar la formación (venían de Kaka de Luxe para alumbrar Alaska y Dinarama) hacia un sonido que picaría en esos charcos de opaco reflejo, los del pop gótico, aunque claramente enfocados hacia un mainstream que bien les abrazó con ese majestuoso elepé, Deseo Carnal.

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No quiero entretenerles más, sé la dedicación que tienen para consigo mismos, y encuentro más que suficiente el tiempo que les he robado con la lectura de estas historias, pero no quisiera pasar por alto lo actual que suena el mensaje de Dinarama, y es que podría estar recién escrita esta auténtica perla sonora ensangrentada: crisis.


[1]p. 114. George, Susan. El informe Lugano II. Esta vez vamos a liquidar la democracia. Deusto. 2012. Bacelona.

[2]Laurence Sterne. Escritor británico del siglo XVIII,  autor de, entre otras obras, Tristam Shandy y Viaje sentimental por Francia e Italia.

[3]Las acciones de Accenture pasaron de 40 a 0,01 dólares; las de Sotheby’s de 34 a 99.999,99 dólares; y el índice Dow Jones perdió un billón de dólares, y todo en media hora.

[4]Bernard Madoff. Casi nadie. El solo se bastó para hacerse con 50.000 millones de dólares mediante un sistema de estafa piramidal. Su pena, 150 años de condena, parece ser como el viaje a Benidorm de un jubilata, ya que llegó a declarar: “[…] me habría gustado que me hubieran cogido hace seis u ocho años […] la prisión es para mi una liberación”.  New York Mazagize 6/6/2010.

[5]La vida que mala es. 091. Mítica banda granadina de los años 80. Busquen y comparen.

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