Crítica

“El Gran Gatsby”, de Baz Luhrmann

Por David Costas

El mayor logro de la nueva y excelente revisión del clásico de Fitzgerald (que es, puede decirse ya sin rubor, la mejor de las que existen), es que Baz Luhrmann y toda su troupe (con pocos directores puede usarse con más acierto que con él esta palabra) no buscan recrearnos la maravillosa novela del americano, sino trasladar a los espectadores el sentir de dicha historia, transportarla a nuestro tiempo, sin hacerle perder en ningún momento su condición universal, es más, gracias a ello, dejar patente la eterna vigencia del material de base, que sigue inspirándonos, emocionándonos, en el que nos seguimos encontrando nosotros mismos.

Y todo ello se hace sin miedo a tan valiosa, y muy traicionera para el medio cinematográfico, materia prima. Sin miedo son dos palabras que siempre han caracterizado al cine de Luhrmann. Decir que vamos a ver una película del australiano es decir que vamos a encontrarnos ante una obra excesiva hasta la obscenidad, de magnética y fascinante belleza, de una puesta en escena que entiende poco de sutilezas y mucho de gran espectáculo y de falta de prejuicios. Una película que va a ser frenética, absurda y disparatada en algunos momentos, tremendamente emotiva en otros, intensa, visionaria… Una película de posicionamiento inevitable y radical, pero igualmente inevitable va a ser olvidarla. Una vez más, El Gran Gatsby luce todos estos galones con orgullo.

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¿Las consecuencias de que este Gatsby sea luhrmanniano hasta el tuétano? El estilo de su director sienta como un guante a la desmesura de los locos años veinte, a las opulentas fiestas. Pero no solo por la superficie, que no puede resultar de mayor belleza, sino por esa sabia decisión de jugar, una vez más, con el anacronismo, desde su estética visual y sus movimientos de cámara como, esta vez más que nunca, en el plano sonoro. A partir de dicho anacronismo, el espectador no observa la vida en los años veinte norteamericanos, sino que se adueña de ellos con pasión. La sabia decisión de hacer del hip-hop y sus múltiples mestizajes el jazz de la novela, hace que la comprensión de la locura de la época se produzca a su vez desde la locura que se crea entre los espectadores. La labor de Luhrmann y Jay-Z así como de ese espectacular listado de músicos de primera línea, inconcebible en el mayor de los acontecimientos musicales, es absolutamente brillante, y en todos estos aspectos, la película no puede verse de otra forma que no sea con la boca abierta y la piel erizada.

Esa emoción y puesta al día de los sentimientos de la obra cabe atribuirla también a su elenco, que ha entendido perfectamente unos personajes que muchos quebraderos de cabeza han dado a Hollywood durante décadas. Y quien mejor sale del atolladero es una excelsa Carey Mulligan de voz hipnótica y mirada dolorosa que sin duda tiene el personaje más complicado y menos agradecido de la función: una Daisy Buchanan que por primera vez ha sido comprendida en su trágico conformismo por su actriz, por su director… Mulligan hace de la superficialidad, resignación e infantilismo de Daisy algo extrañamente conmovedor.

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DiCaprio resulta a su vez un Gatsby legendario y contradictorio: transmitiendo tanto poder y seguridad, como una profunda indefensión y necesidad de ser aceptado; misterioso (si bien, uno de los peros que podría ponerle a la película es que nos resuelve demasiado de un personaje envuelto en la rumorología) y jugando la tendencia al exceso de su personaje con la misma brillantez tanto desde la comedia como desde el puro romanticismo. Merece remarcar la forma excelente en la que se prepara su presentación en la película. Tobey Maguire es también un muy convincente Nick Carraway, si bien su papel de testigo de los hechos y narrador, que funciona de maravilla en la novela, en la película resulta innecesario por momentos. Y es necesario destacar la revelación que supone la Jordan Baker cínica, sofisticada y caprichosa de Elizabeth Debicki, auténtica robaescenas de la función.

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Pero lo que para mí es encomiable en la película, y que para otros será muy discutible, es que, sin renunciar a la fiesta constante, hay algo más allá del ruido y la furia. Ese algo es Fitzgerald, pero siempre visto desde la cámara y las preferencias de Luhrmann. Porque éste es un cineasta del amor, del romanticismo, sus películas se mueven por esa fuerza motora, y su Gatsby no es una excepción. Pero no estamos ante una historia de amor al uso, Gatsby es un romántico, El Gran Gatsby no lo es. Aquí la historia de amor pertenece al pasado e intenta resurgir, pero la magia se ahoga por el opresivo sistema de castas estadounidense y por el implacable paso del tiempo. Lo que Luhrmann aporta es su perspectiva decididamente romántica, casi hasta lo infantil (menos cuando deja de serlo, en la reunión en el Plaza con el quintento protagonista, una escena inolvidable por su dureza y precisión narrativa e interpretativa), para contar estos sueños rotos. Desde la tragedia en su sentido más puramente teatral, con  la intensidad, ingenuidad e histeria estética que caracteriza a su cine, compone un triste canto de amor al enamorado solo contra un mundo que le dio la espalda años atrás. La idiosincrasia de la película podrá asustar o provocar rechazo entre los más puristas, pero ahí radica su carácter único y genuino, su belleza: en su honestidad y coherencia, en su estilo decadente y opulento para hablar de las trágicas consecuencias de la decadencia y la opulencia. En su amor al clásico leído, sentido, vivido con voz  y espíritu actual. Y todo ello celebrando el cine-espectáculo, consciente de su carácter de película-acontecimiento, de blockbuster con alma. Que siga la fiesta.

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