Crítica

La Vie d’Adèle, o la intimidad como fisura

Por Chiara Marañón 

Para mí fue como leer un diario ajeno. Transitar a través de los días, enlazando momentos, pensamientos aislados. Los diarios son textos con huecos, discontinuos, fragmentarios por naturaleza. Los diarios tienen huecos y La Vida de Adèle también. Así que un poco porque ese título le va como anillo al dedo, y un poco por otras muchas razones, decido ignorar la versión inglesa Blue is the warmest colour (tomada directamente del cómic en el que está inspirada), que traiciona a la película sometiéndola a un perverso proceso de hipsterización. No se dejen engañar.

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Cuando nosotros llegamos, la vida de Adèle ya hacía mucho que había empezado. Abdellatif Kechiche recoge con soltura 6 años en la vida de una chica que cuando la película arranca tiene 16, estudia en un instituto de una ciudad de provincia al norte de Francia, y vive con sus padres, un matrimonio de clase media que suele ver el telediario a la hora de comer. 180 minutos después, Adèle tiene 22, es profesora de preescolar, y disfruta enseñando a leer a renacuajos que no saben ni atarse los cordones de los zapatos. Ella siempre había adorado a los niños, sostiene, siempre supo que quería ser profesora, sostiene. Ahora lo es. ¿Significa eso que Adèle ha cumplido su sueño? La película plantea un incisivo juego de espejos entre las aspiraciones personales, la frustración y, por extensión, la incompatibilidad. Y al final hasta puede que cumplir sueños sea más triste que no cumplirlos, o que no tenerlos.

La Vie de Adèle, Chapitre 1 et 2, es una película grande y pequeña al mismo tiempo: se escurre entre los dedos, como la propia vida, y a la vez se queda muy dentro, como la propia vida. Uno la recuerda como recuerda algo que vivió. Se enmarca en una épica intimista, esa especie de efervescencia que adquieren los sentimientos cuando se diseccionan en primer plano. Porque La Vie d’Adèle es una película en primer plano a todos los niveles. Más allá de poder escuchar hasta la respiración de Adèle, o de ver el cerco de tomate alrededor de su boca cuando come spaghetti boloñesa, Kechiche nos sitúa en un primer plano emocional, que nos engulle y atrapa, y logra que la vida parezca tan compleja en la pantalla como creemos que sabemos que es en la realidad. Uno de los grandes logros de la película es la clarividencia narrativa con la que avanza, siempre hacia adelante, siempre hacia una casilla inesperada, pero certera y necesaria, perpetuando esa sensación de sorpresa e inevitabilidad al mismo tiempo, que sólo las buenas historias saben despertar.

Así pues, ni el principio es un principio, ni el final es un final. Y sin embargo, hay mucho entre medio. Adèle se enamora, y a estas alturas ya todo el mundo sabe que se enamora de una chica. Se llama Emma y tiene el pelo azul. Sus compañeros de clase se escandalizan y la(s) rechazan, pero qué más da, algún día lo superarán. También sus padres lo superarán, de momento prefieren pensar que Emma le da clases de refuerzo de filosofía. Kechiche sabiamente decide no recrearse en todo ese proceso de aceptación externo, la procesión va por dentro. Si algo deja claro el director tunecino es que es un maestro del desprendimiento. Logra ir soltando por el camino todos esos lastres narrativos, esquivando con destreza la incursión en los terrenos pantanosos de la justificación y la causalidad, siempre con un pulso muy firme y muy libre. Tanto, que logra que el avance de la película se antoje casi azaroso, cuando en realidad esta cuidadosamente medido, a juzgar por las dosis exactas de información que se nos subministran. De nuevo como en las páginas de un diario, no hay necesidad de contextualizar, se infiere lo que no está, porque de alguna forma está un poco en lo que sí está. Un uso de la elipsis sin remordimientos, en el que las fisuras narrativas son núcleos emocionales. El personaje de Adèle está construido de manera tan sólida, que existe incluso en las partes de la historia que han sido omitidas.

Pero dejemos claro que Adèle no es una heroína, Adèle es una chica muy normal. La película derriba una tras otra todas las fórmulas aparatosas con las que solemos toparnos en películas que hablan de personajes descubriendo su sexualidad. Aquí el proceso de búsqueda y autoafirmación está entrecortado: Adèle se niega a sí misma, y luego deja de negarse, y luego se niega otra vez. Pero la cámara sólo la sigue, sólo la observa, casi la toca, haciéndonos partícipes de su fragilidad, de esos  secretos que la hacen fuerte y a la vez débil, y de su miedo. El cine de los hermanos Dardenne se oye a través de las paredes.

Kechiche expone la cotidianeidad de una relación, las venas, las arterias, la sangre que circula, hace rato que cruzamos la frontera del cuerpo. Adèle y Emma ahora viven juntas, pero parece que están más lejos que nunca la una de la otra. Antes Emma la recogía en el colegio, iban al parque y se besaban, y Adèle volvía a clase al día siguiente avergonzada y triunfante a partes iguales. Ahora viven juntas. ¿Desde cuándo? No importa. Son las mismas aunque ya nada sea lo mismo. El tiempo pasa y las cosas cambian, no hace falta verlas cambiar; advertimos el cambio cuando ya es, por lo general, irreversible. ¿Hay algo más irreversible que el desamor?, parece preguntarse Kechiche. Entre otras muchas cosas, esta película es un viaje de la fascinación a la indiferencia.

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De alguna manera, la película reproduce esa no-estructura de la ‘realidad’ (por llamar de alguna forma a esto que vivimos cuando no estamos en una sala de cine) en la que las etapas sólo se vislumbran a posteriori. El presente es incierto y el futuro no existe. Pero La Vie d’Adèle no sólo se mueve con libertad en el tiempo, sino que también fluctúa cómodamente entre la contención y el estallido: la película explota cuando tiene que hacerlo, sin auto-imponerse un tono, sólo imprimiéndolo. La histeria, la rabia, la angustia, la desgana. Kechiche le huye a la homogeneización de los sentimientos y de los hechos, no hay patrón de intensidad o magnitud. Ahí está la valentía, en responder más al llamado interno de unos personajes con vida propia, que a una necesidad tan personal como externa de confeccionar una pieza redonda.

Pero indiscutiblemente el as bajo la manga, o ya sobre la mesa, de la película son unas interpretaciones que sobrepasan lo calificable. Y es curioso, porque responden a procesos en apariencia muy distintos. Por un lado Adèle Exarchopoulos, que no por casualidad comparte nombre con su personaje, trayendo hacía sí a la Adèle de ficción y haciéndola suya, invadiéndola, logrando un verismo que casi asusta, una naturalidad casi sobrenatural. Por otro Léa Seydoux, que con una interpretación sobria se traslada a territorio desconocido, convirtiendo la delicadeza que la caracteriza en una masculinidad insospechada. Y había que llegar, claro, a las escenas de sexo. No podría escribirse una crítica sobre La Vie d’Adèle sin hablar de ellas. ¿O sí? Voy a intentarlo. Tan sólo apuntar que sí, que son salvajes, y que quien cuestione su duración o explicitud, quizá no haya querido darse cuenta de que lo que Kechiche quiso filmar no era sexo, sino placer. Consiguiendo así que de ahí en adelante esa explosión sin precedentes entre las dos chicas tenga eco en cada escena, esté en cada mirada, y en cada palabra, y en cada desplante, y en cada mentira. La extrema intimidad de la que nos hace partícipes, propia de un diario, más tarde pasa factura, y duele.

Merecida Palma de Oro que, a la vez, probablemente sea lo peor que le podía haber pasado a una película como ésta. La polarización de los tiempos que corren no le sienta bien a las películas honestas y termina convirtiéndolas en discursos. La Vie d’Adèle parece condenada a ser objeto de una instrumentalización vaga y sobre todo muy cansina, que le atribuye mucho peso reivindicativo al film pero que lamentablemente sólo se queda en la superficie. En, por ejemplo, la temperatura del color azul. A la sombra de la Palma se está mucho mejor; es donde se puede ser uno mismo, donde no hace falta ir de lo que no se es.

7 pensamientos en “La Vie d’Adèle, o la intimidad como fisura

  1. Está es quizás la crítica más bonita y sincera que he leído de esta película. Como si el hype y las ganas de verla no fueran altísimas ya.

  2. Esta es quizás la crítica más bonita y sincera que he leído acerca de esta película. Como si el hype y las ganas de verla no fueran suficientes

    • Muchas gracias Miss Porto por tus palabras. Nosotros también estamos encantados con la colaboración de Chiara Marañón, su crítica refuerza las ganas de ver la película … Un fuerte abrazo,
      Sala 1

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