Crítica

“El hombre de acero”, de Zack Snyder

Por Diego Arévalo López

Siempre es digno de agradecer que una saga como la de Superman al menos no dé un paso en falso. Mas desde el batacazo de Bryan Singer con Superman Returns. Este tipo de películas lo tienen difícil para agradar a todos, muchas veces tienen que luchar contra el romanticismo anacrónico que imprimen sus predecesoras, con los fans del cómic o con el reto siempre de no fabricar un fracaso de taquilla. Renovarse o morir parece el lema últimamente en Hollywood. Proyectos tan diseñados y renovados como los de la saga Marvel hacen que este tipo de personajes tengan que evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos. Ya pasó con James Bond en Casino Royal, el Batman de Nolan o la saga Bourne. Incluso adaptaciones del comic más adultas y postmodernas llevan estrenándose en los cines desde algunos años. El abanico va desde Persépolis a V de Vendetta, de 300 o Watchmen, ambas por cierto de Snyder, a American Splendor, y todas buscando un público adolescente a la vez que adulto. Los preadolescentes se los ha quedado Marvel, así que este giro en el resto franquicias es un acto obligado.

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El hombre de acero está en el epicentro de todo esto. No es una película excesivamente pueril ni recurre a la violencia extrema de autores de comic book como Frank Miller o Alan Moore. Su principal reto es no salir muy mal parada de una inevitable comparación con Superman, de Richard Donner y Superman II, de Richard Lester, siempre rivales a abatir. Comparte muchos personajes de dichos films, a excepción de Lex Luthor. Del desubicado Marlon Brando pasamos al enérgico Russell Crow. Los malos se comparten con la segunda entrega de la vieja saga, destacando ahora una nueva y soberbia interpretación de Michael Shannon, en el papel del General Zod, nada envidiable a la de Terence Stamp. Por otro lado el humor impregnado por Lester, y mal copiado por Singer, desaparece de la saga en una decisión más que acertada. ¿Quién se creía al Luthor de Kevin Space? A Kar-el le quitan los calzoncillos rojos, le hinchan los brazos y lo muestran con un poblado torso a lo Lobezno. Fuera de ser gratuita la comparación, ambos personajes comparten algo importante: la búsqueda de la identidad perdida e inmemorial, aunque de forma diferente. Ésta búsqueda es uno de los principales motores del film y, sin duda, lo mejor de esta nueva entrega del superhéroe nacido bajo los rayos del sol rojo.

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Los mejores y más sorprendentes momentos de la película tienen lugar tras la desaparición de Krypton, la historia sucede de forma cronológica hasta ese momento. A partir de ahí, es donde comienza la búsqueda del héroe y sorprenden las novedades. Para empezar, por guión y/o montaje, nos encontramos con una estructura de la historia que nos cuenta, en paralelo, diferentes momentos de la infancia y adolescencia de Clark Kent, donde el héroe empieza a sentirse diferente a sus supuestos iguales, por lo que comienza a hacerse preguntas. Su proceso de crecimiento es doloroso. Todo esto está alternado con el fin de la búsqueda que realiza El hombre de acero para conocer su pasado y su identidad. Esta nueva forma narrativa funciona perfectamente y mantiene el interés del espectador en una historia que ha visto más de mil veces. A partir de ahí Superman es consciente de los retos que le plantea su nueva condición de mesías. Pero también, a partir de ahí, comienza la gran galería fuegos artificiales, como si de fallas estuviéramos hablando, que anula parte de todo el buen trabajo logrado anteriormente.

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Todo lo que consigue la película en su primera mitad se empieza a desdibujar cuanto más se acerca la batalla final en un Metrópolis apocalíptico. Todo lo que había sido épica se convierte en una demostración de fuerzas y alianzas, más cercano al exceso de Matrix Revolutions que al intimismo gótico del Batman de Tim Burton. Está claro, es Superman y la Tierra tiene que temblar pero ciertos momentos se hacen más largos que la lucha de Song Goku contra Freezer en aquel anime llamado Bola de Dragón. Hay que vender muñecos, no os agobiéis. Aún así esta nueva versión no deja mal sabor de boca. Además del ridículo epílogo, existen otros elementos narrativos que hacen sospechar que habrá una segunda parte. Es una pena que se haya suspendido el rodaje de La Liga de la Justicia, porque partiendo de este nuevo Superman hay posibilidades de hacer una explosión DC, como ha hecho individuamente Marvel con Iron Man, Thor, el Capitán América, y otros, para terminar fabricando uno de los mejores blockbusters de la historia: Los vengadores. Así que hay trabajo que hacer para competir con las nuevas películas taquilleras del comic book americano de los próximos años.

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El hombre de acero es una película correcta, novedosa y que elimina muchos elementos superfluos que podrían pesar en el espectador del siglo XXI. Cae en algunos vicios asociados a la geopolítica actual, aunque su aproximación al agotamiento del planeta está de rabiosa actualidad. Aún así este nuevo Superman no tiene el carisma del desaparecido Christopher Reeve, pero ha dado un importante paso para la emancipación de un personaje cinematográfico que arrastra un gran peso: ser un icono cultural y universal de finales del siglo XX, con todo lo bueno y lo malo que conlleva tal responsabilidad.

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