Reportajes

Mis diez road movies

Por José Colmenarejo

Toda película, de alguna manera u otra, es un viaje. El origen, el destino, el cómo y el porqué marcan el camino. En ocasiones, la mejor manera de representarlo es de forma explícita. Éstas son mis diez road movies preferidas.

Sucedió una noche (Frank Capra, 1934)

SucedioUnaNoche

Frank Capra daba el pistoletazo de salida a la screwball comedy con esta alocada carrera entre sexos, repleta de rápidos diálogos, ácidas réplicas y tensiones que ya se resolverán mientras aparecen los créditos finales. La química entre Clark Gable – pícaro, astuto, cínico – y Claudette Colbert – adinerada, inteligente, consentida – lo resiste todo: desde un atestado autobús hasta una incómoda habitación de motel de carretera. Y como toda buena historia de amor, también habrá alguna salida del camino ideal para discutir en la cuneta.

El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1953)

ElSalarioDelMiedo

Aquí no hay gloria, ni héroes, ni valores. Aquí sólo hay avaricia, perdedores y… mucha tensión. Dos enormes camiones cargados de nitroglicerina deben subir una peligrosa y colosal montaña para que una compañía petrolífera pueda hacer volar un oleoducto y enterrar un incendio. El tour de force es único e inigualable; Clouzot hace gala de su músculo narrativo entrelazando la pura aventura con la miseria moral de estos pobres mercenarios en misión suicida.

La Strada (Federico Fellini, 1954)

LaStrada

El director que entendía la vida como un gran circo comenzaba a pervertir el neorrealismo con esta obra maestra en forma de balada triste de trompeta; una balada para sellar el destino de dos personajes unidos por su tragedia, zarandeados por emociones puras y universales. Volver a La Strada es doloroso, pero por su viaje de artistas ambulantes a ninguna parte se cruzan imágenes imborrables, relaciones abrasivas y una última parada sobrecogedora.

Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957)

FresasSalvajes

Todo comienza con una pesadilla y todo termina con unos ojos que se cierran. Una vida entera pasa por la ventanilla del último viaje de un hombre y sus recuerdos, ilusiones, decepciones, logros y fracasos. Bergman comete la bendita osadía de plantar al mayor cineasta sueco hasta su llegada (Victor Sjöström) ante un necesario y doloroso vistazo al espejo retrovisor de su existencia. En sólo un día se comprenderá a sí mismo. Fresas salvajes es una obra maestra sin la que no podrían existir otras sensacionales road movies de la tercera edad: esa oda a la dignidad de la vejez que es Harry y Tonto, y aquel paseo redentor en máquina cortacésped de Una historia verdadera.

Easy Rider (Dennis Hopper, 1969)

EASYRIDER

Estallaban las guitarras, dos cowboys americanos arrancaban sus motos y la Historia se reescribía: su verdadera autoría nunca será aclarada así que dejémoslo en que Easy Rider, el cine convertido en droga, nació disparada por una generación que vivió y murió rápido, pero lo hizo en la cresta de la ola. La línea argumental era mínima, los actores no eran estrellas, el presupuesto era escaso, y la producción le daba la espalda al viejo modelo hollywoodiense. El viaje existencial por la contracultura americana sólo podía contener una ruta así de anárquica y lisérgica.

El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, 1971)

eldiablosobreruedas

Una mañana más, una carretera más, un hombre más. Un camión de más. Así de simple y de terrorífico a la vez. No le busques más explicaciones: el terror cotidiano es así de seco y palpable. Y Matheson no necesita más que un pequeño individuo de la ciudad al que su circunstancia le queda más grande que el traje para retorcer la carretera y dejarnos ensimismados. Spielberg arrancaba con fuerza: una kafkiana cinta de acción demoledora.

Malas tierras (Terrence Malick, 1973)

MalasTierras

Con una elegancia hipnótica y un lirismo abrumador, Terrence Malick, el artista taciturno, pintaba el lienzo con atardeceres dorados, horizontes lejanos, con interminables vías de tren, con coches que iluminaban oscuros desiertos, con besos ocultos en las gradas del instituto, con jóvenes que se disfrazan de leyenda. En fin, supongo que con América. Malas tierras es una de las más brillantes óperas primas jamás realizadas, el sangriento y triste viaje a la nada de dos almas perdidas y solitarias tan embriagadas como enfadadas consigo mismas.

Granujas a todo ritmo (John Landis, 1980)

BluesBrothers

Llevan gafas de sol de noche, traje negro, cigarrillo perenne en la boca, y dicen estar enfrascados en una misión divina. Si la cumbre de lo cool debía venir en forma de advenimiento, entonces estábamos esperando a John Belushi, la deidad del exceso. John Landis acompaña a estos hermanos del blues que lo mismo te hacen versiones con Aretha Franklin o Ray Charles que te destrozan un centro comercial con un Dodge Monaco. Así de alborotados y festivos empezaban los ochenta: en la carretera y conducidos por dos héroes underground.

París, Texas (Wim Wenders, 1984) 

ParisTexas

Un hombre perdido en mitad de las áridas tierras de Texas está convencido de que puede encontrar París si sigue caminando por las vías del tren. Bien podría ser Ítaca. Wenders consigue que un motel de carretera, una vieja granja, un desgastado club de strip-tease y una humilde caravana sean paisajes de leyenda para la odisea de un padre de familia que un día perdió, pero que se resiste a pensar que los días de esplendor en la hierba ya pasaron. La respuesta está en el camino de un héroe improbable en busca de un recuerdo en forma de mujer que ya no se puede recuperar.

Camino a la perdición (Sam Mendes, 2002)

CaminoalaPedicion

Sam Mendes devolvía el brillo a las historias de mafias con un sensacional homenaje al cine de crimen, al tebeo más oscuro y a Edward Hopper, el pintor más americano. Este trágico viaje de venganza y redención entre padre e hijo, abrazado por la majestuosa música de Thomas Newman y la elegante fotografía de Conrad L. Hall supone no sólo un magnífico ejercicio de estilo sino una emocionante reflexión sobre la llegada de la madurez a marchas forzadas, entre disparos obligados y robos prematuros.

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