Crítica

La Enfermedad del Sueño

Por Nuria Cubas

Más de una vez me he preguntado por qué La enfermedad del sueño [Schlafkrankheit] (2011), una película que vimos en la 61ª Berlinale y que ganó el Oso de Plata al mejor director, había pasado tan desapercibida posteriormente en el contexto internacional. Desde luego, no será porque la carrera de su director, el alemán Ulrich Köhler, no estuviera dando señales de hacerse a cada paso más sólida. Después de un interesantísimo y muy potente debut con Bungalow (2002), que cuenta la historia de un joven militar que deserta y vuelve a su pueblo durante el verano, llegó Montag kommen die Fenster (2006), la historia de una mujer que acaba de mudarse con su familia a una nueva casa  en proceso de reforma y que repentinamente, coge el coche y como si desertara, abandona, a priori por un momento, toda esa realidad familiar en construcción.

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Algo parecido le ocurre a Ebbo Velten, el personaje central de Schlafkrankheit, interpretado de una manera increíblemente densa y carismática por Pierre Bokma. Se trata de un médico alemán desplazado a Camerún que dirige un equipo para luchar contra una epidemia de la enfermedad del sueño gracias a unas ayudas de cooperación internacional. Al comenzar la película lleva cinco años en el país junto a su mujer y ha llegado el momento de volver a Alemania puesto que la epidemia parece haberse estabilizado o de hecho, haber desaparecido. El matrimonio ha sido tan feliz en Camerún que se plantea no abandonar el país, pero hay una responsabilidad superior, una responsabilidad adulta que los obliga a marcharse: la hija adolescente que tienen en común ya está estudiando en Alemania y deben volver con ella. Ya está decidido, van a cerrar el programa de ayuda internacional para volver a casa, así que la mujer y la hija del doctor Velten se adelantan en el viaje y salen de Camerún. Es en este momento en que el médico se encuentra solo cuando la película da un giro, en una intensa escena de dolor en la que Ebbo Velten habla por teléfono con su mujer, ya de vuelta en Alemania. El espacio de la cocina en la que se desarrolla la escena, prácticamente vacío, se convierte en un lugar lleno de nostalgia, que hace un contraste colosal con la Alemania que imaginamos al otro lado del teléfono.

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Entonces Köhler divide la película y comienza una segunda parte que se adelanta tres años en el tiempo. Un joven médico francés con orígenes africanos llega a Camerún para supervisar el trabajo de Velten y escribir un informe sobre la supuesta epidemia de la enfermedad del sueño, pero lo que encuentra es un proyecto que recibe financiación para acabar con una epidemia ficticia y un Ebbo Velten radicalmente desubicado. Es en este momento cuando se revela que Ebbo tomó la decisión de permanecer en Camerún, donde ha tenido un hijo con una joven nativa.

Es ésta una película de emociones complejas que Ulrich Köhler expone, como es habitual en su cine, con asombrosa naturalidad. Así, a través de la experiencia de los dos médicos europeos protagonistas, se deja entrever con cierto detalle la idiosincrasia del país africano, las relaciones de jerarquía establecidas por la colonización o la corrupción que lo asola. No podemos olvidar algunas escenas como el intento de compra del coche Velten por otro médico autóctono, las estudiantes africanas que buscan favores en los europeos para poder estudiar fuera de Camerún o el malentendido que protagoniza el médico francés Alex Nzila (interpretado por Jean-Christophe Folly) en el puesto de tabaco. Sin embargo, también se apunta a que esta corrupción, asimilada por la población, está promovida en parte por los propios proyectos de ayuda llegados desde el primer mundo. Köhler hace alusión numerosas veces durante la película a la falsedad de la epidemia, lo que genera una desconfianza que surge en el choque entre las dos culturas, la europea y la africana. Pero lo que resulta más interesante de la película es el propio protagonista, el fascinante y autodestructivo Ebbo Velten, que se pierde a sí mismo entre los choques culturales y las tramas de corrupción.

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Como le ocurre a todos los personajes de Köhler, Ebbo toma una decisión que no parece demasiado meditada, llevado por un impulso individual que repentinamente lo separa de todo el entorno humano del que había formado parte hasta el momento, una decisión que hasta él mismo rechaza y que le lleva a encontrarse viviendo la vida que no deseaba. Cuando tiene que resolver el dilema de aceptar el final de un periodo, lo que supone volver a Alemania con su familia o continuar en Camerún para prolongar una vida que de hecho, ya ha terminado, Ebbo se decanta por la segunda opción, en un iluso y arrebatado desafío al paso del tiempo y es entonces cuando se da cuenta de que ha perdido. Ulrich Köhler maneja con admirable maestría estas situaciones de no retorno, que son en realidad la piedra angular de los conflictos de sus personajes. La decisión que han tomado en un momento, no les permite volver al cauce de lo que eran sus vidas, como si al poner los pies por un instante en la orilla se olvidaran de nadar o el agua desapareciera y ya no pudieran volver al río. Ya no hay vuelta atrás para Velten, como no la hay para ninguno de los personajes de las grandes ficciones de Köhler. No hay espacio para segundas oportunidades y después de una noche intensa de cacería, Ebbo finalmente desaparece en la selva.

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