Retrospectiva

El cine “en cantado” de Jacques Demy

Por Lucien Burckel

Han pasado ya dos años desde que la Filmoteca Española proyectó todas sus películas y, a partir de la primavera de 2013, hubiera sido imposible durante una estancia en París no haber oído hablar de este gran cineasta llamado Jacques Demy, nacido en 1931 y muerto en 1990.

La sociedad Cine-Tamaris, creada por su ex mujer Agnès Varda, se dispone a restaurar, poco a poco, todas sus películas (“Lola” el año pasado, “Les parapluies de Cherbourg” y “La baie des anges”). También se ha editado un pack casi integral de su obra y acaba de terminar la gran retrospectiva en la Cinemathèque Française, que proponía, además de una exposición, la proyección de todas sus cintas, conferencias y talleres.

Quizás, es posible, que este cineasta proyectase una imagen muy preciosista, pero también es probable que esta percepción sea un simple prejuicio. Como dijo Catherine Deneuve: “era un hombre amable y alegre, pero sobre todo triste”, como sus filmes.

Es interesante ver cómo sus películas encuentran todavía el éxito entre el público actual, porque siguen siendo de una modernidad asombrosa. Modernas porque sus audacias cinematográficas son obvias y bellas, y porque el director no tenía miedo a la contradicción. Jacques Demy podía ser un aficionado a los musicales americanos y a la “Blancanieves” de Disney, y del otro lado, tener como cineasta francés fetiche a Robert Bresson.

Retrospectiva Demy - Foto1

Su primer largometraje se rodó en 1961. El realizador nantés quería hacer un músical pero el productor Beauregard le concedió un presupuesto mínimo que no le permitió que se concretase su ambición. Así se rodó “Lola”, protagonizada por Anouk Aimée, donde ya se perciben los personajes complejos tan propios del universo del director: el personaje de Lola, por ejemplo, definido como “un poco bailarina y un poco puta”.

La película es una mezcla fascinante del estilo nouvelle vague, con una fuerte presencia de la música de Michel Legrand, planos estilizados en movimiento (como los que enseñan a Lola bailar en su “bustier”, y en la que todo ocurre en Nantes, ya que Demy prefería filmar las ciudades de provincias y no París, como la mayoría de los cineastas franceses de su época).

“La baie des anges” (La bahía de los angeles, 1963) es una especie de continuación de su ópera prima a nivel de puesta en escena. En este caso, Demy retrata la adicción de una pareja al juego en la ciudad de Niza. En ella encontramos de nuevo un gusto por una estilización (Jeanne Moreau teñida de rubia, travellings rápidos y largos sobre la bahía de Niza acompañados por el piano de Michel Legrand), contrastando con una fotografía y un modo de rodar propios de la Nouvelle Vague. Este carácter a contracorriente acompañará a Demy siempre.

Die blonde Sünderin

Después de su gran éxito con “Las señoritas de Rochefort”, los americanos le invitan a rodar un musical en Estados Unidos. Sin embargo, disgustado por el sistema de las majors, acaba rodando una película totalmente Nouvelle Vague. La protagonista de este filme, llamado “Model Shop” (1968), es de nuevo Lola, y el cineasta sigue los pendoneos de un hombre fascinado por ella. Demy aprovecha para hacer un retrato inédito de Los Ángeles, una ciudad enorme en plena crisis debido a la guerra en Vietnam, donde los personajes conversan cada uno sentado en su coche.

El cineasta jugará en mayor medida con la extrañeza en cintas menos apreciadas o conseguidas, como “The Pied Piper” (1972), rodada en Alemania como un verdadero cuento sobre la peste en la Edad Media; “L’Evénement le plus important depuis que l’homme a marché sur la Lune” (No se puede fiar de la cigüeña, 1973), una comedia que cuenta la loca historia de un Marcello Mastroïani “embarazado”; “Lady Oscar” (1979) la adaptación de un manga japonés protagonizado por una joven que forma parte de la guardia de María Antonieta en Versalles y que sólo se estrenó en Japón.

Pero no hemos hablano de una parte importante de su filmografía: sus películas “en cantado”, como, mediante un juego de palabras, le gustaba llamar a Demy a sus musicales.

Retrospectiva Demy -Foto 3

En 1964, gracias a su amistad con la productora Mag Bodard, consigue rodar “Los paraguas de Cherburgo”. Bodard confía en Demy y Michel Legrand para llevar a cabo la primera película íntegramente cantada. La música ya no es una manera para los personajes de escaparse, de huir de la realidad (en la que sólo se habla), sino que forma parte de la idiosincrasia de la historia. La obra se compone de 19 Leitmotivs musicales, de los que seis reaparecen en diversas ocasiones: el motivo de la madre, el de Roland Cassard, que es una variación de la música de “Lola”, y el de la tía Elise. Ni Guy ni Geneviève tienen un motivo propio, sino unos motivos en común: uno simbolizando el amor, el otro la separación. Cada melodía se encadena con otra de manera muy fluida, y como las palabras se encuentran en fase con ella, el resultado es de una gran armonía. Esta estructura, similar a la de las óperas populares, fue uno de los factores del gran éxito de la película. El otro, la gran innovación, el trabajo sobre el arte y la colorimetría: ningún motivo pictórico es anodino, sino que sigue una lógica interna.

Pero lo más original está en el trabajo en exteriores y decorados reales, intentando que resulten lo más artificial posible, filmándolos como si fueran plató. Esta artificialidad, los colores floridos sirven de máscara en el comienzo, y permiten esconder la amargura y la desilusión que espera a los protagonistas.

Demy solía desarrollar sus escenas en base a planos largos en movimiento, con un alto sentido de la composición, un estilo muy evidenciado en esta obra maestra que obtuvo la Palma de oro del Festival de Cannes de 1964.

“Une chambre en ville” (Una habitación en la ciudad, 1982) fue la segunda y última película “en cantado” del director. Era un proyecto muy antiguo que el cineasta había ideado en un principio como una novela, pero que finalmente decidió adaptar al cine.

Ésta es una obra mucho más personal, pues muchos elementos están inspirados en su infancia, como las huelgas de obreros en Nantes, por ejemplo. Después de haber trabajado inicialmente con Legrand sobre el proyecto, el músico acabó admitiendo que no se sentía capaz de seguir con ello, porque ser un cometido demasiado duro para él.

Retrospectiva Demy -Foto 4

Demy, entonces, decidió a trabajar con Michel Colombier sobre la partitura, consiguiendo distanciarse claramente de “Los Paraguas de Cherburgo”: los motivos musicales no pertenecen a un personaje, pero pasan de uno al otro y crean así un subtexto, según reflexiona el cineasta Michel Chion.

Él, como Philippe Lefebvre, está de acuerdo en apuntar en sus respectivos análisis de la cinta que la música otorga a los diálogos -prosaicos en sí- una fuerza peculiar. Además, Lefebvre afirma que la gran novedad de “Une chambre en ville” es el juego constante entre lo hablado y lo cantado.

Aunque el musical también está cantado íntegramente, las melodías no son tan obvias como en “Los Paraguas de Cherburgo”, lo que crea una lucha constante entre lo hablado y lo cantado.

El trabajo sobre los colores de “Une chambre en ville” también es diferente. Bernard Evein, el director de Arte titulado del realizador hizo algo más oscuro, pero manteniendo los colores y los estampados.

Demy juega con contrastes estéticos mucho más marcados, empezando con una manifestación que pasa del blanco y negro al color y rodando en exterior, para después pasar al apartamento de Mme Langlois (el más variado a nivel de colores y estampados) y al de Edmond (totalmente verde), construidos en los platós de Billancourt.

Los contrastes son evidentes también en la planificación: un comienzo con planos largos y en movimiento, con una estupenda utilización del zoom (se atreve con un lenguaje expresionista, como en la escena de la lucha entre Edith y Edmond, con la cámara subjetiva y las miradas a cámara); y acaba con un lenguaje de fragmentación.

Ésta resulta una película muy compleja, quizás menos asequible, pero sin duda una obra maestra, calificada de inestable y frágil por Levèbvre, que vuelve a hacer referencia a la lucha constante de las palabras y el canto, provocando una sensación extraña de que todo puede caerse en cada momento de la película.

El resto de sus musicales se ciñen al sentido americano de la palabra. En este sentido, comienza con “Les demoiselles de Rochefort” (Las señoritas de Rochefort, 1967), con Catherine Deneuve y Françoise Dorléac acompañados de actores famosos del musical estadounidense, como Gene Kelly y George Chakiris.

La cinta es un himno a la alegría donde los personajes no están construidos de un modo psicológico, sino sobre las palabras.

También hay que destacar la ciudad de Rochefort como un protagonista en sí de la historia, un lugar hecho para cantar y bailar, una ciudad que parece ser un decorado de plató y que fue totalmente pintada y atrezada para dicho efecto.

Esta cinta se consagró como el mayor éxito de Demy, tanto en Francia como en el resto del mundo (el filme se rodó en versión francesa e inglesa, visto que una gran parte de la producción era americana).

“Peau d’âne” (Piel de asno, 1970) es su otro gran musical, de nuevo con Catherine Deneuve, y con Jean Marais, inspirado en el cuento de Perrault. En esta obra el director trabaja el ámbito fantástico: las estatuas de los castillos son hombres pintados de azul, los vestidos son de color tiempo o sol y, al final, uno de los personajes viaja en un helicóptero.

En este filme Demy realizó un trabajo extraordinario para crear varios mundos estéticos: el azul (el castillo del padre), el verde (que tiñe el lugar al que se escapa Piel de asno), y el rojo (castillo del príncipe). La excelente partitura de Michel Legrand contribuye a crear este mundo onírico y da la posibilidad a los personajes de aconsejarse, expresar su amor o su alegría, cantando.

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“Parking” (1985) es un caso muy especial, de gran importancia para Demy, sobre todo por la temática: el mito de Orfeo y Eurídice, que le fascinaba desde que había visto la película de Sacha Guitry.

Hay que admitir que la cinta fue un fracaso casi total: la fotografia es fea a pesar del atrevimiento de Demy al crear un infierno en blanco y rojo, la música es buena pero Francis Huster, que obtuvo el papel principal después de que se cayera la posibilidad de tener a David Bowie, insistió en cantar las canciones, con un resultado catastrófico.

Jacques Demy debería haber esperado para rodar una obra tan ambiciosa, ante todo para poder contar con David Bowie, quien quería hacerlo, pero que no podía por temas de calendario, añadido a la presiones del productor para que finalmente aceptase a Huster. También el rodaje fue mucho más rápido de lo debido, circunstancias todas que derivaron en una obra adelantada a su tiempo. Sin embargo, siempre quedará el precioso poema escrito por el propio cineasta, llamado “Le malheur d’Orphée”.

Su última película “Trois places pour le 26” (Tres entradas para el 26, 1988) es un músical que reflexiona sobre el género y los temas fetiches de Demy, entre ellos el incesto. Yves Montand interpreta su propio papel y canta, a veces en la calle, a veces en su teatro, en el contexto de la preparación de un espectáculo. Es seguramente su película más desconcertante por tratar temas graves con tanta alegría.

No podría acabar este texto sin hablar de “Anouchka”, un proyecto escrito en 1975 y abandonado en 1978 en la que Demy adaptaría libremente Anna Karenina en un músical que hubiera sido producido por la unión soviética. Los diálogos y la música estaban escritos, el casting hecho, pero el proyecto acabó descartado por culpa de la parte de producción francesa, que decidió abandonar el proyecto al considerarlo demasiado arriesgado.

Si hay que ver a Jacques Demy como un gran cineasta es porque la mayoría de sus películas eran un reto, una propuesta cinematográfica nueva y original, además de ser un cine que no deja de emocionarnos por su caligrafía y su sutil relación con la música, con temas totalmente universales.

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