Retrospectiva

Lucky Number Slevin (el caso Slevin), de Paul McGuigan

Por Joan Mitjans

Ver El Caso Slevin es como recorrer un laberinto por dentro. No es un laberinto que asuste,  sino uno de esos en el que disfrutamos perdiéndonos, encontrando caminos, jugando. Un juego de caminos de azar, caminos preparados, caminos esperados y pequeños giros inesperados, que no pretende nada más que entretenernos un buen rato, mientras recorremos cada uno de sus pasillos.

La película fue dirigida en 2006 por Paul McGuigan, del que ahora destaca su trabajo como realizador de varios episodios del Sherlock de la BBC. A diferencia de esta serie, a mi parecer presuntuosa y menos interesante de lo que nos quieren hacer pensar, El Caso Slevin me parece una película mucho más sincera, mucho más humilde y honesta. No pretende ser lo que no es, pero, por lo que es, se nota el mimo y cariño de la gente que trabajó en este proyecto, del primero al último, hasta el señor o señora que dejó esa taza de té en el apartamento de Slevin.

Los dos capos de la mafia, el Rabino (Ben Kingsley) y el Jefe (Morgan Freeman), están enfrentados el uno al otro y ninguno abandona jamás su rascacielos, uno a cada lado de la calle, por miedo a lo que les pueda hacer su rival. Slevin (Josh Harnett) es un pobre desgraciado que se mete en un gran lío cuando uno de estos dos lo confunde por otra persona y le pide que se cargue al hijo del otro capo.

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Como en un buen noir la película pone en movimiento una gran maquinaria en la que, si una pieza falla, todo cae. No hay suerte, porque la suerte misma está trucada. No hay casualidades. La historia nos lleva por su terreno, jugando siempre con lo que esperamos y lo que sospechamos. Con cierto sentido del humor, a veces muy cínico, se estira el género negro hasta la paranoia y el absurdo. Hay “frases lapidarias”, malotes tontorrones con pistolas, Josh Harnett desnudo, la fatalidad del destino… Esta película es como coger una amalgama de ingredientes: el suspense de Hitchcock, el slapstick de Keaton, un poco de filtro Tarantino y el atracto perfecto según Kubrick; meterle luego un poco de azúcar y quedarse tan contento.

Sin pretender hacer la gran obra, pero sí una buena obra, se rinde homenaje al género y al cine que les debe gustar a sus realizadores. Hay escenas e ideas copy-paste, y muchas referencias: las apuestas de caballos de Atraco Perfecto, el personaje confundido por otro de Con la Muerte en los Talones, Buster Keaton reencarnado en un sicario, el reloj de Pulp Fiction y ¡hasta sale John McClain… digo Bruce Willis!

Los dos jefes mafiosos y las interpretaciones de Kinglsey y Freeman son memorables, incluso en un tono paródico (y no tan paródico). Los dos son arquetipos del mafioso clásico: el mafioso con carisma, de frases preparadas, y el mafioso de gestos, pocas palabras y menos sentido del humor. En medio hay un gran precipicio, entre los edificios donde viven, y se miran cara a cara. Como si entre estos dos modelos de malo hubiera un gran vacío. O estás de una parte o de la otra. Josh Harnett, en medio de los dos, consigue atrapar en el papel de tonto desafortunado que no es ni tan tonto ni tan desafortunado.

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Completan el plantel principal Lucy Liu, Bruce Willis y Stanley Tucci. La primera como femme fatale que en vez de destruir vidas las salva, da un toque mucho más humano al film y sirve sobre todo para rebajar el tono cínico de la trama principal, y redimir a su protagonista, con un boy meets girl hecho con cierta gracia. Willis interpreta al enésimo misterioso asesino a sueldo, que no deja huellas, ni testimonios, por ahí donde pasa. Finalmente, Tucci interpreta el policía siempre dos o tres o cuatro pasos por detrás de los acontecimientos, sirviendo como una especie de “tercer capo” después de los mafiosos que por su carácter secundario no tiene la ni la fuerza ni el interés de los anteriores, además con una subtrama resuelta a último momento.

En la puesta en escena, el amor por el cine, por el género y por el detalle se dejan ver en cada uno de sus encuadres. Tiene un toque muy kitsch, los personajes visten de Prada, pero destacan la cantidad de detalles que hay en los escenarios, mayoritariamente interiores. Cuadros con forma de laberinto, espejos, piezas de ajedrez, etc., todo está ahí por un motivo, y eso se nota.

Si bien no es una película perfecta sí es muy entretenida, ha conseguido que la revisite varias veces los últimos años e incluso que le dedique un pequeño comentario por aquí, así que algo debe tener. En cierto modo creo que si en una obra hay un rifle colgado en la pared, es porque en algún momento ese rifle se va a usar. En esta película se colocan muchos rifles y todos se usan. Eso no quiere decir que todos se disparen. Hay muchas formas de utilizar un rifle.

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